El cuaderno
La pregunta parece de dato suelto y tiene detrás una de las mejores historias del deporte español. El futbolín lo patentó Alejandro Finisterre en 1937, y lo hizo por un motivo muy concreto: acababa de salir de un bombardeo.
Se llamaba en realidad Alexandre Campos Ramírez (6 de mayo de 1919 – 9 de febrero de 2007). Lo de Finisterre era un seudónimo: la castellanización del nombre de su pueblo, en la costa gallega.
Durante el asedio de Madrid, en noviembre de 1936, resultó herido en un bombardeo. Tenía diecisiete años y las heridas lo dejaron con secuelas. Lo trasladaron a un sanatorio en la sierra de Montserrat, en Cataluña, a recuperarse.
Allí estaba rodeado de otros heridos, muchos de ellos niños, que hasta hacía nada jugaban al fútbol y ya no podían.
Finisterre había visto tenis de mesa. Si el tenis cabía en una mesa, pensó, el fútbol también.
Contrató a un carpintero para que le construyera la mesa y tallara las figuritas de los jugadores. La eligió de pino. Y para la bola descartó el metal y la madera: puso corcho, porque frena y se controla, que es exactamente lo que sigue diciendo hoy cualquier jugador de competición sobre las bolas rugosas frente a las lisas.
Lo patentó en 1937. En el mismo trámite registró otro invento suyo: un pedal para que los músicos pasaran las páginas de la partitura sin soltar el instrumento. El chico tenía dieciocho años.
Aquí la historia se tuerce de una manera casi insultante. En 1939, huyendo de la ofensiva de Cataluña, Finisterre cruzó a Francia como decenas de miles de personas. Llevaba encima sus patentes.
Se destrozaron con la lluvia por el camino.
No hubo demanda, ni pleito, ni acuerdo: simplemente dejó de tener papeles que demostraran nada, en el momento exacto en que el juego empezaba a extenderse por el mundo. Es probablemente la pérdida de propiedad intelectual peor pagada de la historia del juguete.
Su vida siguió lejos de aquí: Ecuador, Guatemala y México, donde se dedicó a editar —publicó cientos de libros— y a difundir la obra de los exiliados españoles. Volvió a España a finales de los setenta, con la democracia. Murió en 2007.
La versión más repetida —«el futbolín lo inventó un español»— es bonita y es incompleta. Hay al menos un antecedente documentado y anterior:
Lo que sí puede defenderse de Finisterre es algo más preciso y más interesante que «lo inventó»: su versión es la que se parece a la mesa que usamos hoy. Y su historia es incomparablemente mejor.
Y ahora la parte que no aparece en ningún artículo sobre el origen del futbolín.
En la China de la dinastía Han ya se jugaba a un juego llamado 彈棋 (tánqí), algo así como ajedrez de capirotazo. Se atribuye a Liu Xiang, en época del emperador Cheng, y no es una anécdota menor: se creó imitando el cuju, el juego de pelota que la FIFA cita como la forma documentada más antigua del fútbol.
El tablero era de piedra y reproducía un campo de cuju. Las fichas se movían dándoles un capirotazo con el dedo. Es decir: una superficie plana marcada como un campo de fútbol, unas piezas pequeñas y un dedo. Fútbol de mesa, literalmente, diecinueve siglos antes de Finisterre.
No fue un juego marginal. El emperador Cao Pi era buenísimo y le dedicó una oda, el 彈棋賦. Las fichas pasaron de seis a ocho por jugador en los Tres Reinos y a doce en la dinastía Tang. Y le escribieron poemas Du Fu, Bai Juyi, Li He, Wang Ya y Wei Yingwu. Desapareció después de la dinastía Song, desplazado por el xiangqi, el ajedrez chino.
Todo lo anterior está comprobado. Aquí está de dónde sale cada cosa:
⚠️ Sobre el tánqí: el detalle —Liu Xiang, el tablero de piedra con forma de campo de cuju, las fichas de seis a doce, la oda de Cao Pi y los poetas— procede de fuentes en chino sobre la historia del juego; en inglés y español apenas hay nada, que es justamente por lo que merecía escribirse.
Si ves algo mal, escríbeme y lo corrijo diciendo qué he cambiado.
La respuesta honesta tiene tres capas, y casi todo el mundo te da solo la última:
Ninguno copió a los chinos. Nadie en Montserrat en 1937 había leído sobre el tánqí. Y eso es justamente lo interesante: la idea es tan evidente que la humanidad la reinventa cada vez que tiene una superficie lisa, algo redondo y un dedo libre.
Toy Soccer Cup es esa misma idea otra vez, con una pantalla en lugar de una losa de piedra: apuntar, calcular la fuerza y aceptar que el fallo es tuyo. Gratis, en el navegador, contra la máquina o dos personas en el mismo aparato.
Y si lo que buscabas era montar algo de verdad, aquí explicamos cómo hacer un campo de chapas casero y cómo se juega al subbuteo paso a paso.