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El cuaderno

Las chapas: ochenta años de un juego que España jugó en el suelo

Hay juegos que se compran y juegos que se fabrican. Las chapas pertenecen a los segundos, y por eso llegaron a todas partes: no hacía falta que hubiera dinero en casa, hacía falta que alguien hubiera bebido un refresco.

Cómo se hacía una chapa

El proceso lo conocía cualquier niño español de hace cuarenta años. Se cogía el tapón de una botella, se ponía boca abajo en el suelo y se aplastaba con una piedra hasta que quedaba plano y las ondas del borde se abrían como una flor. Después venía lo importante: recortar de una revista la cara de un futbolista, ajustarla al círculo de dentro y fijarla. Los más aplicados le echaban una gota de resina o de cera de vela por encima para que aguantara los golpes.

Ahí estaba el valor. Una chapa era una chapa, pero una chapa con la cara de tu ídolo era otra cosa: se prestaba, se cambiaba y en algún patio se llegó a alquilar.

La técnica: uña, yema y discusión

Se empujaba con el índice haciendo palanca contra el pulgar, y ahí empezaba la discusión eterna. Golpear con la yema daba un tiro largo y algo impreciso. Golpear con la uña daba un tiro seco, rápido y controlable — y era falta en unos barrios y jugada maestra en otros. Nadie escribió nunca esas reglas y todo el mundo las conocía, lo cual dice bastante sobre cómo se transmiten las cosas en un patio de colegio.

El campo se dibujaba con tiza en el suelo, o se aprovechaban las juntas de las baldosas. Había circuitos de montaña por los bordillos de la acera y campos de fútbol con porterías hechas con dos piedras. Los reglamentos cambiaban de calle en calle y aun así todo el mundo se entendía en cinco minutos.

Y sin embargo, hubo federación

Lo que casi nadie sabe es que este juego de basura llegó a organizarse en serio, y pronto. El primer campeonato oficial se celebró en Huelva el 6 de agosto de 1945, y allí mismo se fundó una Federación Internacional de Fútbol de Botones.

No es una anécdota menor. Significa que, mientras en Inglaterra Peter Adolph estaba a punto de convertir la misma idea en un producto de catálogo, en España ya había gente reuniéndose para jugar con tapones bajo un reglamento común. La diferencia no fue de talento: fue que uno lo puso en una caja y lo vendió, y el otro no.

Chapa de botella aplastada con la foto de un futbolista pegada dentro, sobre madera

Por qué enganchaba tanto

Porque era física pura. No había dados, ni cartas, ni estadísticas escondidas: ganaba quien controlaba mejor la fuerza y el ángulo de su propio dedo. Un niño de seis años y su padre podían jugar de igual a igual, porque la habilidad no se hereda — se entrena, y se entrena rápido.

Y porque tenía la mejor propiedad que puede tener un juego: la partida siguiente empezaba antes de que terminara la anterior. «Otra y me la pagas» ha movido más tardes que cualquier campaña de marketing.

Qué queda hoy

Quedan las cajas de galletas llenas de chapas en los armarios de media España, que es donde acabaron casi todas. Queda el juego vivo en algunos clubes y ferias. Y queda algo más difícil de medir: una manera de entender el juego en la que lo importante no era el material sino la puntería.

Si tienes hijos, merece la pena enseñárselo antes que cualquier pantalla. Se necesita un tapón, una piedra y diez minutos. Y si además te apetece la versión que no hay que fabricar, Toy Soccer Cup es fútbol de mesa con figuritas y física de verdad, gratis en el navegador.